Celebrar el día
del trabajo en un país que al parecer cuenta con un 9% de desempleados -algo
así como un millón de personas-, y sin siquiera considerar a aquellas que, según
la medición, no están desempleados por haber dejado de insistir en la búsqueda de
un imposible, y que tampoco contabiliza a quienes limpiaron un parabrisas la
semana pasada, se asemeja mucho a un chiste cruel, una frivolidad, o lo que es aún
peor, demuestra el evidente desinterés por este asunto de quienes dicen
defender a los trabajadores.
No existe
ayuda social, estado de bienestar, ni ingeniería social alguna, que pueda reemplazar
un trabajo, el dinero que genera y la dignidad que provee a la persona que lo desempeña,
salvo que esta sea un vago, un descarado o un vividor. La gran mayoría de la
gente no lo es.
¿Sabrán los
desempleados que ellos mismos han colaborado a su desempleo? Efectivamente,
apoyar políticas públicas aberrantes, generalmente asociadas a robarle a los supuestos
“ricos” a través de impuestos que generalmente se malgastan en leseras, o
simplemente van directamente al bolsillo de ladrones con influencia, es la principal
causa del desempleo.
La inestabilidad
política; las amenazas de expropiaciones; y el aumento de la legislación, redactada
al son del lobby de las grandes empresas que siempre buscan lo mismo -evitar la
competencia y el ingreso de nuevos actores a los mercados-, completan el círculo
macabro del desempleo que celebramos cada primero de mayo.
Si a todo esto
agregamos el intento de grupos de derecha e izquierda de instalar sus extremas
y aberrantes ideas cada cuatro años, le tenemos a la dama y al varón que buscan
empleo la peor de las noticias: No tendrán empleo.
Estos antagonismos
desatados por pura conveniencia por grupos de imbéciles, malvados y
desquiciados, generalmente irracionales por ser imposibles de implementar
(afortunadamente son imposibles de implementar), solo buscan crear bandos irreconciliables
que voten enceguecidos de fanatismo por unos, y no voten por estar enceguecidos
de odio por el contrario.
Si el
adversario defiende una cosa, nosotros debemos considerarla la maldad más abyecta
del universo (a veces parece serlo); y si nuestro amado líder defiende la contraria,
debemos considerarla la verdad incontrarrestable e iluminada de nuestro gran
timonel, que se encargará de promocionarla entre chillidos, gemidos y vociferaciones
enardecidas entre la multitud de “los suyos” que lo aplauden a rabiar
justificando todos sus excesos y desvaríos. Se trata de excitar a los adeptos
hasta convertirlos en despojos humanos que han renunciado a pensar por si
mismos.
Así las
cosas, no hay empresario que dese invertir más allá de lo que considera
prudente, y con una rentabilidad que le permita recuperar el dinero tan pronto
como sea posible, considerando que en cuatro años más estos dementes pueden ser
reemplazados por los otros dementes.
En este
escenario solo pueden actuar los grandes empresarios coludidos con el poder de
turno, que curiosamente son quienes redactan las leyes, y los verdaderos
ganadores del desastre que generan los tontos útiles de quienes los manejan a
su antojo.





