No voy al
cine hace años. Evito ir a cualquier lugar que no sea estrictamente necesario. No
me interesa. Nada.
Pensé hacer
una excepción, asistiendo a la próxima exhibición de “Odisea”, mi historia favorita
de juventud. Si usted lee y entiende la Ilíada, la Odisea, la Biblia y el
Quijote, puede entenderlo todo. La Odisea es, en mi opinión, la historia madre
de la que descienden todas las historias que conocemos. Ahí comienza todo. Estaba
entusiasmado. Ya no lo estoy.
Desistí. Resulta
que a Aquiles -aunque su amistad con Patrroclo es debatible-, lo interpreta una
señora que hoy es señor, lo que ya es demasiado decir; y Helena de Troya, hija
del dios Zeuz y Leda, reina de Esparta, será interpretada por una africana negra
como el carbón. No sé con que otra barbaridad puedo encontrarme si veo la película,
por lo que evitaré ese mal rato woke.
Entiendo que
Atenea también es negra, aunque un poco menos negra que la anterior. No quiero
ver a Penélope maraqueando con sus pretendientes, a Menelao bailando hip hop, ni
a un Telémaco vegano. No podría soportarlo.
Homero describe
a Helena en la Ilíada de la siguiente manera: “de brazos níveos”, “de larga
cabellera”; "Helena, la de hermosa cabellera"; "Terriblemente
semejante a las diosas inmortales"…
No imagino a
Brad Pit interpretando a Martin Luther King, ni a Reese Witherspoon como una esclava
africana piscando algodón en una plantación de Carolina del Sur antes de la
guerra civil. Pensé que el desquiciamiento generalizado de la civilización occidental
en estado de putrefacción quedaba atrás, aunque sea momentáneamente (la
estupidez humana no es moda, es costumbre). Me equivoqué.
Me niego
rotundamente a avalar con mi presencia algo tan grotesco como esto.






