Pasadas ya ambas
fiestas patrias, la del “11” y la de “18”, nos abalanzamos a la conmemoración del
acto de barbarie conocido más grande de las últimas décadas. Es más, del más grande
acto de salvajismo y bajeza moral que yo haya presenciado en este lupanar con
vista al mar, el “18-O”.
Si
utilizamos la dialéctica preferida por la izquierda mundial, trabajadores, amas
de casa, estudiantes, proletarios, campesinos, por supuesto que
intelectualoides de izquierda, compañeros de la prensa seria y muchos de los abyectos
vecinos de cada uno de nosotros, todos ellos convertidos en energúmenos, (o
quizá no convertidos, sino demostrando lo que realmente han sido desde siempre),
la señora del perrito, el señor que compra el pan por las tardes, el muchacha
que saluda en el ascensor, deliraban insanamente al tiempo que apoyaban la acción
organizada, demencial y generalizada que
nos llevaría sin dudarlo a lo que se prometía como la destrucción total de todo
lo conocido; la aniquilación completa de la civilización en manos de hordas de
criminales sanguinarios, envidiosos desenfrenados y todo tipo de escoria
inhumana que nuestras ingenuas mentes siquiera podían imaginar.
Fue la
lumpenización acelerada de parte mayoritaria de la sociedad chilena,
alegremente azuzada desde los tronos de parlamentarios, medios de comunicación,
claustros universitarios y más…
El 18-O fue
el corolario de la disolución de los vínculos humanos, el respeto por el
prójimo y la envidia desatada hasta los niveles más desquiciados imaginables.
La gran idea madre de todo este intento de revolución descarnada fue y sigue
siendo el robo de la propiedad ajena, y la esperada venganza que lavaría no
sabemos que afrentas reales o imaginarias, la llegada al poder por medio de la
fuerza criminal y el chantaje de la escoria de la sociedad apoyada por más
escoria de la sociedad.
Tengo el
convencimiento de que la política, los medios de comunicación y muchas de las
universidades, convierten a propósito a la sociedad en un reservorio de odios,
anhelos imposibles y deseos criminales latentes a la espera del día en que
puedan perpetrarse, rebozados de la legitimidad que esta gentuza antes
mencionada a legitimizado.





