Hemos visto
el sol luego de un par semanas en que terminamos chorreados de agua por todas partes
y remojados hasta el píloro.
Todo esto debido
al vendaval causado ya no por la lluvia de toda la vida, sino por colosales ríos
climáticos; increíbles autopistas de humedad; despampanantes emergencias climáticas;
el terrorífico Niño Godzila que nos acecha desde las profundidades del océano pacifico,
tal vez en concomitancia con el iracundo Poseidon y, con toda la andanada de
acojonantes y dantescos espectáculos televisivos con los que el poder nos insta
a no asomar la nariz fuera de nuestras casas durante estas desgracias
ocasionadas, supuestamente, por un cambio climático que amenaza con destruir lo
poco que va quedando de este mundo mundial, y que los políticos, mediante leyes
y declaraciones rocambolescas, pretenden detener.
Pero hemos
visto el sol después de la tormenta. Al menos hasta la próxima tormenta que, agregada
a las tormentas de los últimos años, han dejado atrás -al menos por ahora- varios
años consecutivos de sequía y a todos aquellos expertos de matinal y noticiero que nos anunciaban
- ¿lo recuerdan? - que Barbarilandia se secaba aceleradamente y para siempre, según
demostraban su informes, sus publicaciones en revistas indexadas, las citas
mutuas entre distintos autores de la pandilla climatológica, sus papers muy bien
pagados repletos de palabras difíciles; sus proyecciones climatológicas a cien
años vista, y el supuesto consenso mundial que nos prepara para el fin de los
tiempos.
Resulta que
al menos hasta aquí vamos bien. Desde la llave del lavaplatos sale agua y desde
el baño también. Los ríos continúan fluyendo, los campos continúan regándose y
el mar sigue donde lo vi la ultima vez que fui a la playa. Nada nuevo bajo el
sol, Niño Godzila mediante.






