La horda
atacó en Valparaíso. Cientos de vándalos semianalfabetos y
desquiciados “dentraron” a la cancha a enfrentarse con un enemigo compuesto por
más de lo mismo. Otros flaites, todos premunidos de cuchillos, palos, litros de
escupo, carachos descompuestos y un vocabulario coprolálico como pocos. Pura finura.
Ningún
gobierno ha querido intervenir en el futbol, ya que este deporte es “pasión de multitudes”,
es decir, provee de muchos votos, la mayoría de ellos proveniente de las clases
más acomodadas de Vitacura y con post grados en Oxford.
No es llegar
y meter preso a un elemento de esta alcurnia. La horda tiene derechos humanos,
ciudadanos y de los otros. Es por esto que el gobierno prefirió deshacerse del
problema, sacar a los carabineros de los estadios y encargar a guardias de seguridad,
es decir, a otros votantes de la izquierda, esta vez disfrazados de guardias, lo
que ellos no quieren hacer; poner orden en la fila.
En el sur,
en el Registro Civil, en los estadios de futbol, en la Alameda y Plaza Italia,
en casi cualquier parte de Barbarilandia, la horda puede hacer y deshacer. Tal
vez los dejan hacer para mantenerlos excitados y ocupados mientras los capos
del manotazo se distribuyen el botín entre los miembros de la “Alianza Público Privada”.
La horda se
relaja lanzando piedras, destruyendo semáforos, saltando en el tablón y tomando
chelas, mientras el resto se hace millonario. A veces hay que escuchar la voz
del pueblo, no para hacerles caso, sino para reírse de ellos mientras bailan y
cantan. Es el negocio de la política.







