sábado, 2 de mayo de 2026

DIA DEL QUE PUEDE TRABAJAR

Celebrar el día del trabajo en un país que al parecer cuenta con un 9% de desempleados -algo así como un millón de personas-, y sin siquiera considerar a aquellas que, según la medición, no están desempleados por haber dejado de insistir en la búsqueda de un imposible, y que tampoco contabiliza a quienes limpiaron un parabrisas la semana pasada, se asemeja mucho a un chiste cruel, una frivolidad, o lo que es aún peor, demuestra el evidente desinterés por este asunto de quienes dicen defender a los trabajadores.   

 

No existe ayuda social, estado de bienestar, ni ingeniería social alguna, que pueda reemplazar un trabajo, el dinero que genera y la dignidad que provee a la persona que lo desempeña, salvo que esta sea un vago, un descarado o un vividor. La gran mayoría de la gente no lo es.

 

¿Sabrán los desempleados que ellos mismos han colaborado a su desempleo? Efectivamente, apoyar políticas públicas aberrantes, generalmente asociadas a robarle a los supuestos “ricos” a través de impuestos que generalmente se malgastan en leseras, o simplemente van directamente al bolsillo de ladrones con influencia, es la principal causa del desempleo.

 

La inestabilidad política; las amenazas de expropiaciones; y el aumento de la legislación, redactada al son del lobby de las grandes empresas que siempre buscan lo mismo -evitar la competencia y el ingreso de nuevos actores a los mercados-, completan el círculo macabro del desempleo que celebramos cada primero de mayo.  

 

Si a todo esto agregamos el intento de grupos de derecha e izquierda de instalar sus extremas y aberrantes ideas cada cuatro años, le tenemos a la dama y al varón que buscan empleo la peor de las noticias: No tendrán empleo.

 

Estos antagonismos desatados por pura conveniencia por grupos de imbéciles, malvados y desquiciados, generalmente irracionales por ser imposibles de implementar (afortunadamente son imposibles de implementar), solo buscan crear bandos irreconciliables que voten enceguecidos de fanatismo por unos, y no voten por estar enceguecidos de odio por el contrario.  

 

Si el adversario defiende una cosa, nosotros debemos considerarla la maldad más abyecta del universo (a veces parece serlo); y si nuestro amado líder defiende la contraria, debemos considerarla la verdad incontrarrestable e iluminada de nuestro gran timonel, que se encargará de promocionarla entre chillidos, gemidos y vociferaciones enardecidas entre la multitud de “los suyos” que lo aplauden a rabiar justificando todos sus excesos y desvaríos. Se trata de excitar a los adeptos hasta convertirlos en despojos humanos que han renunciado a pensar por si mismos.

 

Así las cosas, no hay empresario que dese invertir más allá de lo que considera prudente, y con una rentabilidad que le permita recuperar el dinero tan pronto como sea posible, considerando que en cuatro años más estos dementes pueden ser reemplazados por los otros dementes.

 

En este escenario solo pueden actuar los grandes empresarios coludidos con el poder de turno, que curiosamente son quienes redactan las leyes, y los verdaderos ganadores del desastre que generan los tontos útiles de quienes los manejan a su antojo. 

 

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