Como les conté hace un tiempo, mi hija estudia derecho en
una universidad privada “fascista, neoliberal, oligarca y rancia”, si es que
utilizamos el lenguaje de moda. Me cuenta que los edificios no tienen ni una
raya, no se ven papeles en el suelo y a nadie se le pasa por la cabeza tomarse
la universidad, porque no les interesa, porque no les conviene y porque los
profesores no los incentivan a usurpar propiedad ajena. En realidad, la política
para ellos no pasa de ser un tema más, como otros tantos.
Una de sus amigas ingresó a una universidad que se supone no
es fascista, ni neoliberal, ni oligarca, ni rancia, si también utilizamos el
lenguaje de moda. Digamos que es “progre”, aunque a mí me queda más que claro
que es marxista. Es la Universidad Alberto Hurtado.
Su amiga le cuenta que el ambiente es denso, todo es política
(de izquierda, claro), los panfletos abundan, los cánticos y la ideología se
respira en el ambiente y los profesores se dedican a incentivar las marchas,
protestas y cualquier tipo de “reivindicación social”. La amiga de mi hija, que
no es derecha ni de izquierda, está media cabreada y bastante arrepentida de su
elección.
Hoy murieron dos jóvenes en Valparaíso mientras
pintarrajeaban una propiedad privada, todo en nombre de la gratuidad propia
financiada por otro, una nueva constitución que obligue a la gente a hacer lo
que no quiere y le prohíba hacer lo que quiere, y una igualdad que iguale de
acuerdo al (des) criterio del demagogo de turno.
Ya tenemos tres víctimas y todo en nombre del “Chile que
Todos Queremos”. Los dos cabros que murieron y el tipo que disparó el arma. No sé
dónde irán a parar los dos primeros; sí sabemos dónde irá a parar el último. Y
todo esto gracias a “profesores” como los de la amiga de mi hija, una cabrita
de dieciocho años que pensó que la universidad sirve para aprender algo de
cultura y obtener una profesión con la que ganarse la vida honradamente.
Mientras tres personas perdieron sus vidas por una causa que
no entienden, los verdaderos culpables siguen cobrando un sueldo mensual a
cambio de envenenar las mentes de jóvenes idealistas que siguen un falso ideal.






