A una semana
del plebiscito que nos abrirá las puertas del paraíso, los contagios aumentan
sin parar. Claro resultado del “18”, fiesta nacional de los curados, previa a
la celebración del golpe de estado, fiesta nacional de la delincuencia, y a la
fiesta de la democracia, fiesta nacional de los huevones. A nadie la falta
mambo.
Recordemos
que los señores políticos suspendieron el plebiscito en abril producto de unos
pocos contagios, mientras ahora pretenden efectuar el acto simbólico –ya sabemos
que gane quien gane reformarán la constitución-, a pesar del aumento de
enfermos y muertos, y el seguro descontrol epidémico luego del próximo domingo.
Todo sea para mantener la paz social y escuchar la voz del pueblo, aunque si el
pueblo desentona y dice lo que los mafiosos no quieren oír, seguro no lo
acatarán.
El plebiscito
ilegítimo y la indolencia ciudadana nos harán regresar a los peores momentos de
la epidemia ¿Pensará el gobierno en nuevas cuarentenas y ruinas generalizadas? ¿Navidad,
año nuevo y vacaciones encerrados? Todo sea por la democracia, o tal vez por el
fin de esta.
Yo aún estoy
en duda sobre si cumplir o no con mi deber ciudadano. Por una parte lo considero
inútil. Por otra, tal vez mi voto aporte a perder por menos. Un triunfo moral
tipo Arturo Prat, aunque siempre he preferido a Carlos Condell, como ustedes ya
deber saber. Nunca me has seducido las estatuas, prefiero arrancar para contarlo.
Veremos si
el horno está para bollos de aquí al domingo. Si tomo la heroica decisión de no
arrear la bandera aunque me estén metiendo tiros por el traste, iré a votar, aunque todo dependerá de
las aglomeraciones con que me encuentre. Si no hay nadie, entro, voto y me
largo, pero si hay cola (fila si lo prefieren, para no herir a nadie) me devuelvo.
Está bien ser huevón pero solo hasta medio día, no el resto de la tarde.
Mi dilema
consiste en elegir si me arrepiento por no votar, o me arrepiento por
enfermarme. De cualquier manera me arrepentiré ¿Será para mí el reino de los cielos?
No tengo apuro en enterarme.
La lista de arrepentimientos
en mi aun no tan extensa vida, comprende varios ítems. Uno de ellos es no
haberme ido de este lupanar con vista al mar hace algunos años, con destino a
Trumplandia, aun conociendo a mis entrañables compatriotas, saber lo que son capaces
de hacer y haber pronosticado el fin de los mejores años de Barbarilandia hace
una década.
No lo hice
por flojera, desidia, razones familiares, y claramente porque tal como no veía
un futuro esplendor en Chile, tampoco imaginé un golpe de estado y una asamblea
constituyente. Me imaginé un revoltijo permanente y un lento declive hacia una tranquila
mediocridad. Esto me pasa por no seguir mi primer mandamiento: no crea, no suponga,
no confíe, solo dude. Pero bueno...
Ya veremos
que sucede este domingo y que sucede en el futuro próximo. Seguro que no será muy
bueno, aunque tal vez tampoco tan malo. Otra vez trasgrediendo mi primer
mandamiento… ¡Ufff!





