El
administrador provisional de palacio se apresta a cambiar los monos. Debe ser parte de esa
muletilla de los señores políticos: “habrá un antes y un después”. No faltarán
los voluntarios para ejercer tan dignos cargos, más aun si son generosamente
remunerados. Luego harán lo que al administrador provisional le haya indicado “la
calle”. Sonreirán, pondrán la cara, pedirán perdón por existir, escucharán la
voz del pueblo y se esmerarán en aparentar un progresismo ad hoc. Puros
estadistas igualitos a su jefe.
Nada surtirá
efecto alguno, la minoría antidemocrática pretende un cambio constitucional a
partir de una hoja en blanco, donde plasmarán los sueños de los soñadores, los
bajos instintos de la horda, los deseos infinitos de los inconformistas y toda
la sapiencia del populacho bárbaro experto en todo menos en ganarse la vida. Los
pobres y desarrapados de este perro mundo, aquellos que salieron físicamente de
la población para conformar la nueva clase media aspiracional, nos guiarán por
los inescrutables caminos que nos llevarán supuestamente a la superación de la
pobreza. Ellos tienen al receta, aunque aún no han logrado ponerla en práctica
en sus propias vidas, es por eso que aplanan calles en busca de la respuesta que
los ilumine.
El populacho
bárbaro pretende más o menos esto: Que el Estado le robe a otros para así
solucionar esos problemas cotidianos tan molestos: Educación, salud, pensiones
y dos o tres más. De tal manera que el sueldo quede intacto para cambiar el
auto regularmente, aplanar los centros comerciales en busca de algo que aún no
poseen, las familias viajar al Caribe y los más jóvenes al sudeste asiático. No
existe consenso sobre la vivienda, algunos pretende que sea otro “derecho
social”, aunque muchos la ven como algo aspiracional, no tanto por su tamaño o
calidad, sino por la comuna donde desean vivir.
La gallá
supone que un cambio constitucional comandado por los comunistas, el FA y las consabidas
agrupaciones, coordinadoras, movimientos y colectivos, los llevará a donde han
soñado llegar con el alto auspicio de los tontos jiles. Pobre aves, y pobres de
nosotros que dependemos de sus desvaríos.






