Aún hay año nuevo,
ciudadanos. De no ser por el permanente empeño de las bandas de
narcotraficantes que nos salvan y mantienen la tradición de los fuegos artificiales,
cada año nuevo sería mas pobretón, más esterilizado de aquellas viejas, sanas y
buenas costumbres, mucho más acorde al Chile que cambió para mal y para muy
mal.
No se
detiene el ridículo empeño de terminar con todas las tradiciones. Buenistas y revolucionarios
con Ipad se esmeran día a día en cagarla cada vez más, junto al cómplice silencio
de las basurillas de las demasiado compuestitas derechas cobarde y la valiente.
Yo, por mi parte,
he pasado con el correr de los años desde mi liberalismo y descreimiento juvenil,
a un mucho más razonable liberalismo tirando a conservador, para llegar
afortunadamente y por el momento, a un sano y entusiasta conservadurismo con
rasgos liberales. La juventud es una estupidez que se pasa con los años.
Disfruto con
la navidad, el año nuevo y la Semana Santa. Recuerdo esos buenos y
despreocupados años en la casa de mi abuela, en la subida de Agua Santa, Viña
del Mar, esperando al viejito pascuero y la fiesta de año nuevo con abrazos de
familia, amigos y vecinas del barrio, todo animado con cohetes, viejas,
petardos, estrellitas y virutillas de cocina revoloteando encendidas con que festejábamos
lo que hacía falta festejar.
En Semana
Santa el ritual era la descripción de la misa del gallo y las estaciones que
nos recreaba la abuela, y las películas de siempre, El Manto Sagrado, Los Diez Mandamientos, Jesús de
Nazaret, Ben Hur y su épica carrera de coches de caballos. La quema del Judas repleto
de monedas no podía faltar.
Todas las
noches desde diciembre hasta que quitan el árbol de navidad, apago la luz del
comedor, enciendo el árbol y las luces de la terraza, me preparo un cola de
mono con cuatro hielos y un trozo de pan de pascua y dejo pasar las horas. Los descreídos
no saben lo que se pierden.
Quienes no
creen en Dios, ni en su nacimiento, ni en su martirio, no se conforman con no
celebrarlo. Quienes no pueden soportar a gente saludando a quienes no conocen entre
el ruido de los fuegos artificiales, no se conforman con vivir su amargura y su
locura puertas adentro. No, además necesitan vendernos su verdad revelada que
consiste básicamente en que no hay verdad ni mentira, solo opiniones de locos
balbuceantes, sabiondos y expertos a sueldo ¿No ven que el mundo se va a acabar
pasado mañana por la mañana? Se supone
que las aguas del mar llegarán a la Alameda esquina Ahumada y todos moriremos rostizados
por el cambio climático ¡Ah!, y las AFP nos roban.
Este empeño
desquiciado por dejar atrás toda la historia de la humanidad, ya que todos
quienes vivieron antes que ellos estaban completamente equivocados sobre todas
las cosas de este perro mundo (¡Platón, Aristóteles, Santo Tomas, Cervantes, Erasmo y mil genios más fueron unos estúpidos fachos pobres y machistas ante los inquisidores ojos de los nuevos santos inclusivos, resilientes y verdes!), no solo arruina la economía y atemoriza a la
gente, transformando lo ridículo y grotesco en un revolucionario pan de cada día,
sino que, además, y como si todas las tragedias fueran poca cosa, nos pretenden
quitar la felicidad, y los recuerdos, y las costumbres, y la posibilidad de que
con poco y nada, podamos ser un poco mejores, aunque sea tres o cuatro veces al año.
Feliz año
2025 a mis amigos del Blog.